Fui voluntaria en la Fundación AMAS desde 2018 hasta 2020, cuando la llegada del COVID interrumpió muchas de las actividades presenciales. Durante ese tiempo participé como voluntaria de ocio los fines de semana, una experiencia que me marcó profundamente tanto a nivel personal como humano.
Mi labor se desarrollaba principalmente en actividades de ocio y tiempo libre con chicos y chicas con discapacidades muy diversas. Hacíamos salidas, actividades de fin de semana y también campamentos, espacios donde el ocio se convertía en una herramienta real de inclusión, autonomía y disfrute.
Cada persona era un mundo. Había chicos con TEA que no utilizaban lenguaje oral y se comunicaban a través de un cuaderno, y otros que sí hablaban y necesitaban más apoyo social o emocional. Recuerdo especialmente cómo aprendí a comunicarme sin palabras, a respetar silencios, gestos y ritmos distintos. También había una chica con dificultades con la alimentación, lo que nos enseñaba cada día la importancia de la paciencia, la comprensión y el acompañamiento sin juicio.
El ocio no era solo “pasarlo bien”: era crear espacios seguros, fomentar relaciones, trabajar la autoestima y permitir que cada persona pudiera ser ella misma. Como voluntaria, aprendí más de lo que enseñé. Aprendí a mirar sin prejuicios, a adaptarme, a escuchar de verdad y a valorar los pequeños logros.
Ser voluntaria en AMAS fue una experiencia transformadora. Me confirmó la importancia del compromiso social y del papel del voluntariado como motor de cambio, tanto para las personas acompañadas como para quienes acompañamos.
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